Un tros de fang

¿Habéis tenido alguna vez esa sensación de querer comerse el mundo y experimentar cosas nuevas a raudales? Supongo que es lo lógico, sobre todo a tu edad, me dirían algunas personas.

Pero, ¿no os ha pasado que todos esos geniales planes se desinflan antes de existir porque os atenaza el miedo? Puedo verme a mí misma tomando las riendas de todo aquello que me apetece hacer, confesando sentimientos escondidos, riendo, besando, bailando, haciendo pequeñas locuras como coger un autobús con rumbo a ti o bañándome vestida en una fría playa en pleno mes de febrero…

Pero no hago nada para que todas estas cosas sucedan. Y sé perfectamente qué es lo que me frena, cuáles son mis miedos más profundos. Pero, en casi veinticinco años de existencia, nunca he sido capaz de superarlos. Son miedos antiguos, feos, que se esconden bajo la cama para cercenar de un zarpazo todos mis sueños en los momentos más insospechados. A estos miedos antediluvianos últimamente se han ido añadiendo miedos nuevos. Pero si me analizo profundamente, creo que todos ellos se resumen en el miedo primigenio, el que me hace reprimir mis sentimientos y fantasías: El miedo a no gustar.

A lo largo de mi vida he superado algunos escollos. En general me considero afortunada, y probablemente mis problemas, comparados con los de otras personas, sean nimiedades. Pero siempre ha habido algo que se ha mantenido como una constante, y ha sido el miedo al rechazo. En lo que a relaciones personales se refiere, he tenido que lidiar tantas y tantas veces con ese rechazo, que el alma se me parte en dos cada vez que vuelve a suceder.

Siempre voy por la vida con pies de plomo, porque he aprendido que mi forma de ser indica con grandes luces de neón que llevo el corazón al aire, y no todo el mundo utiliza esto para acariciarlo; sino que muchos se divierten clavando una estaca en él. Por eso ese mínimo comentario que a otra persona no le supondría nada, a mí me devasta. Por eso rechazar ese café supone que en mi cabeza se activen una serie de extraños pensamientos que terminan siempre igual: Era de esperar que me rechazara.

Por suerte, he encontrado a ese puñadito de personas que me han aceptado como soy y he conseguido recuperar un poco de confianza en la humanidad. Y a pesar de que hice reformas y me apuntalé el corazón, no ha servido de nada, porque de nuevo tiene grietas.

Pero, ¿por qué seguir dándole vueltas al tema cuando otros antes han utilizado las palabras exactas para expresar tu sentir? En este caso, Mishima son los culpables. Os dejo con esta delicia…

Tu no saps com em fas sentir, com un ninot fora la caixa,
tan petit i insignificant, a les teves mans un tros de fang

Tu no saps com em fas sentir, com un idiota que compta el temps perdut entre un ja ens veurem i un avui no puc

Tu no saps reconèixer en mi, el que tinc d’or et sembla una llauna,
i jo m’arrugo i vaig oxidant-me.

El que trobo dolç a tu t’amarga…

I per allargar la tonteria, el què ens cremava, avui està ofegant-me.

Tu no saps com em fas sentir…

Perdida perdedora

Este es uno de esos momentos en los que no entiendes muy bien tu lugar en el mundo y todo te parece absolutamente absurdo y prescindible. Cada día me cuesta más seguir adelante y comprender a las personas. Me siento inepta y tengo pensamientos catastróficos, como que nunca voy a tener ningún tipo de futuro, que me quedaré sola o que nada interesante me pasará nunca. Intento racionalizar todos estos sentimientos, me fuerzo a pensar que finalmente terminaré por encontrar una solución, pero no funciona, de verdad que no funciona…

Día tras día me siento una perdedora con una vida gris y sin ningún tipo de emoción. Mi único capital son unos cuantos amigos y familia. Y aunque sé que están ahí y que valen muchísimo, no me sirve. No sé cómo verbalizar este vacío que siento dentro, y cuando lo intento, sólo recibo como respuesta un todo se va a arreglar, no te preocupes o tú vales mucho y cosas similares. Y no, no me lo creo, no soy capaz de verlo. Y es que últimamente no me salen ni las lágrimas; simplemente noto una extraña presión a la altura de la garganta y me arrastro por los días con una bonita máscara de sonrisa y todo va bien.

Puede parecer autocompasivo, o estúpido, pero como le dije a una buena amiga hace cosa de un mes, no soy capaz de encontrar ni un sólo motivo por el que alguien quisiera compartir su tiempo a mi lado. No les culpo. Hay muchos momentos en los que yo tampoco soy capaz de estar conmigo, y sólo deseo volar lejos y olvidar.

De Mohameds y Jordis

Como cada día, entro en las webs de algunos periódicos para ver qué ha pasado en el mundo. Confieso que no hago mucho uso de mi capacidad crítica y no siempre leo periódicos de distinto signo. Muchas veces lo evito por ahorrarme un enfado; así que siempre suelo consultar los mismos diarios.

Antes era muy fiel a El País; pero la verdad es que cada vez me encontraba más alejada de su línea editorial, así que últimamente consulto Público. Hoy he encontrado una frase en una de sus noticias que posiblemente no parezca tan alarmante a simple vista pero, sinceramente, a mí me ha parecido un horror. No sé si debería culpar de ello al diario en sí, porque consultando la fuente hay ciertas contradicciones,  pero la frase me ha dejado impactada.

En esta noticia podemos ver como al señor Duran i Lleida le preocupa que nazcan más Mohameds que Jordis en Catalunya. De por sí esto me parece insultante, porque, bajo mi punto de vista, implica que todas aquellas personas que sean de otro origen deben abandonar por completo sus costumbres y volverse catalanas (o vascas, gallegas, madrileñas…). Creo firmemente que si en la voluntad de una persona está la integración, esta no vendrá de cuál es su nombre; sino del respeto y el civismo en la vida cotidiana.

Hasta aquí me encontraba bastante alucinada por las declaraciones del señor Duran i Lleida, cosa que, por otro lado, no debería sorprenderme, ya que CiU siempre me ha olido a alcanfor. Pero aquí no acaba la cosa. Resulta que en declaraciones a El Mundo (y siempre según Público), Duran i Lleida mostró su preocupación porque nazcan más inmigrantes que autóctonos en algunos pueblos de Catalunya.

¿Que nazcan más inmigrantes que autóctonos? Vamos a ver si me aclaro: Esos Mohameds que nacen, lo hacen en Catalunya. Pero por la frase se deduce que no son catalanes. Osea que se produce una queja por la falta de integración de los Mohameds pero a la vez se dice que nacen más inmigrantes que autóctonos.

Según la RAE, autóctono es un adjetivo que significa que ha nacido o se ha originado en el mismo lugar donde se encuentra. Si Mohamed nace en Cornellá y vive en Cornellá, es autóctono, luego algo falla en esta ecuación.

Todo apunta a un fallo de redacción de Público, ya que las declaraciones que he encontrado en El Mundo lo que he encontrado es que a Duran i Lleida le preocupa que en algunas ciudades como Palafrugell pueda acabar habiendo más personas de origen magrebí que de Cataluña. De origen, vale; pero no inmigrantes. Creo que Público ha errado en su manera de redactar, sinceramente.

El lenguaje es la herramienta más básica para comunicar lo que pensamos sobre un tema. Si yo me refiero al Mohamed que nace en Cornellá como inmigrante, estoy expresando que no es como yo; es más, que no merece ser considerado como yo; y, por lo tanto, le estoy rechazando. A menudo nos referimos a estos chicos y chicas como inmigrantes de segunda generación, expresión con la que también estoy en absoluto desacuerdo. Y para explicarlo, vuelvo a acudir a la RAE, que nos dice que inmigrante es el que inmigra. Y si acudimos al verbo inmigrar, encontramos que, aplicado al natural de un país, significa llegar a otro para establecerse en él, especialmente con idea de formar nuevas colonias o domiciliarse en las ya formadas. 

Siempre se habla sobre los deberes de los inmigrantes. Pero no se dice nada de los de los autóctonos. Creo que la integración sólo se puede conseguir por medio de una doble vía. Si con mis actos y palabras expreso, directa o indirectamente, mi rechazo hacia el otro, no le estoy ayudando a incorporarse a la sociedad. Si me refiero a los hijos de inmigrantes como inmigrantes, estoy estableciendo una barrera entre nosotros; le estoy diciendo que no es igual a mí y que nunca lo será.

Pero lo es.

Feliz Día Mundial de la Tolerancia.

Quiero…

1. Coger un avión a Barcelona ahora mismo.

2. Ir a un concierto de Mishima.

3. Llorar.

4. Hacer Suspender el examen de Producción de una puta vez.

5. Que te (os) des (deis) cuenta de todo sin tener que explicarte (os) nada.

6. Que me den la beca.

7. Tomarme unas cuantas cervezas de más.

8. Ser valiente de una vez por todas.

9. Dar un giro radical a mi vida.

10. Que llegue el Hello Perras Festival.

11. Que la vida sea más fácil.

12. Empezar a dar clases de inglés.

13. Que mi futuro no sea de color oscuro.

14. Volver a nacer.

15. Llorar (más).

16. Que me contestes con un yo también a mis te quiero.

17. Que se me quite de una vez por todas el moratón de la rodilla. Y el nudo del estómago.

18. Comprarme una bici plegable.

19. Que llegue el 9 de noviembre.

20. Un abrazo. O los que hagan falta.

Pasada de Rosca

Tengo ganas de dar un giro de 180 grados a mi vida. Será porque últimamente tengo mucho tiempo libre para reflexionar sobre mi vida, el destino y el año del gato…

Miro a mi antebrazo y lo veo: Maktub. Destino. Estoy convencida de que el destino tiende a llevarnos hacia donde debemos estar, a una especie de punto de equilibrio. Aunque nosotros intentemos resistirnos, los caminos de la vida se cruzan una y otra vez formando peligrosas curvas que nos devuelven a la casilla de salida.

Tengo ganas de cambiarlo todo, de romper con lo que me rodea, de vivir esa otra vida que siempre deseé. Tan inmensas son las ganas que estoy convencida de que cuando gire me pasaré de rosca y habré completado los 360 grados de la circunferencia.

Y volveré a mi destino. O a la comodidad de la certidumbre.

Paraíso

Hoy he ido a dar clase de inglés a Mónica, una de mis alumnas. Cuando hemos terminado, me ha enseñado el libro que está leyendo. Yo he abierto mi bolso y le he mostrado la lectura que tengo entre manos en este momento: Paraíso Inhabitado, de Ana María Matute.

Mónica lo ha mirado con cierto recelo, ha torcido la nariz y ha exclamado: ¿Paraíso Inhabitado? ¡Pues vaya un paraíso!

Me encanta que los niños puedan decir cosas tan preciosas y tan cargadas de razón sin darse ni cuenta. Porque Mónica lleva toda la razón del mundo; el paraíso no existe si no lo puedes compartir y la felicidad se marchita un poco si nos la guardamos para nosotros.

Si pienso en mi idea de paraíso está repleto de gente, de mi familia, de mis amigos, de todos aquellos que, aunque ni ellos mismos lo sepan, me hacen feliz. El paraíso es una gran fiesta con todos ellos en la que hay tortilla de patatas, brócoli, brownie, helado, cerveza y ron limón. Y bailamos, cantamos, reímos, lloramos, sufrimos… El paraíso es tener una conversación tonta sobre la palabra patatuela, buscar libros de catalán en la Casa del Libro, comer palomitas verdes en una terraza de la Gran Vía, hablar por teléfono sobre el WoW, leer tus publicaciones de Facebook porque estás lejos.

El paraíso está ahí, a la vuelta de la esquina, en cada momento que yo quiera que esté, en cada momento en que todos vosotros me acompañéis.

Sol

Hace no mucho escribí sobre la canción de un anuncio en la que se hablaba de despertar, de una revolución, y me lamentaba porque simplemente se trataba de la sintonía de la publicidad de un anuncio de seguros.

Pero por fin hemos despertado. Y esta vez es real. He tenido la suerte de palparlo, de oírlo, de olerlo, de vivirlo; pero, sobre todo, de que una persona muy importante para mí y que vive lejos lo haya podido vivir conmigo.

Desde el sábado, la revolución me sabe a bocata de calamares.